domingo

FALACIA DE LA INFORMACIÓN

En este mundo contemporáneo, donde la comunicación satura todas las esferas de la intimidad, más que nunca antes somos esclavos de las informaciones que recibimos. 

 Un suceso cualquiera solo existe para mí si conozco de su existencia. Otra cosa es cómo me llega la noticia del suceso en cuestión: de forma veraz, distorsionada a conciencia, contaminada con el punto de vista particular de quien la divulga, deformada al pasar de boca en boca...   Todos los días recibimos cientos de noticias diferentes, nacidas bajo cualquiera de estos supuestos. Todos los días somos manipulados por los mensajeros del equívoco.
 
 En nuestra mente las cosas no son lo que son, sino lo que imaginamos a partir de la información que poseemos de ellas. Una noticia, verdadera o falsa, afecta a nuestro estado de ánimo y puede condicionar seriamente nuestros actos, impulsándonos a actuar en uno u otro sentido. Eso convierte a la información en una arma que debe ser utilizada con mucho cuidado; un arma que a menudo se nos dispara entre las manos. 
 
 Para colmo, el poderoso efecto de las noticias que a todas horas y  desde todas partes nos llegan no depende solo de quien en principio las divulga, sino también de quien las interpreta y da alas. Porque los humanos, por lo general, entendemos lo que queremos entender -lo que consideramos que en ese momento nos conviene- y no precisamente lo que se nos ha querido decir.
 

 ¿Por qué escribo todo esto hoy? Debe ser porque estoy hasta las mismísimas trancas de tanto telediario repetido, redes sociales repletas de "amigos" y "seguidores" nunca vistos, periódicos necesitados de lectores, blogs como el mío, mensajes de origen desconocido reenviados cien mil veces por wasapp, y también de las fake news envenenadas de la puñetera vecina sorda de la esquina.